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Los Actores

“Los actores” por Emma Vieyra. 

En la colonia San Rafael, esquina entre Ignacio Manuel Altamirano y la Antonio Caso, frente a la A.N.D.A. (ya caído el punto entre la “a” y la “n”), existe un café restaurante llamado “Los actores”. Dentro hay un aire retro y las paredes están tapizadas de fotografías con rostros como el de Martha Rangel, Alex del Castillo, Jorge Negrete, Pedro Infante, Dolores del Río, Cantinflas…

El mesero que me atendió se llamaba José; bastante amable. El menú del día incluía agua de tamarindo y como entrada caldo tlalpeño.

Un hombre entró y su aspecto me hizo imaginar que quizá se tratara de un manager (saco vintage –realmente vintage–, camiseta verde bandera, cadena de oro medianamente gruesa, corte militar, zapatos color camello, agujetas, bigote grueso). Por escribir en mi cuaderno (que en realidad es un directorio con el alfabeto en el borde derecho), casi no puse atención a quien lo acompañaba. Lo que se me quedó grabado fue su conversación:

-¿Ya mandaste tus fotos? Santo que no es visto, santo que no es adorado. Y aquello que está fuera de tu vista pronto estará fuera de tu mente.

Miré por la ventana a un montón de trabajadores al lado de un camión de basura. Algunos de ellos eran recolectores (llevaban traje café y amarillo neón), mientras que los otros eran encargados de construcción (según decía un letrero en su espalda, bordado sobre el uniforme azul marino que llevaban). Juntos trataban de jalar una enorme manguera a través de la calle Altamirano; querían llevarla de una alcantarilla a otra. La manguera se atoraba, se regresaba… Todos se empeñaron tanto hasta que, entre risas, lo lograron. Los miraba divertida, hasta que uno de ellos me descubrió.

Una de las meseras intentó disimuladamente ver qué escribía en mi libreta e intercambió unas palabras con la recepcionista. Lo consideré un halago. José me llevó una gordita de migajas (diminuta), deliciosa; de masa suave pero la cobertura dorada, sin exceso de grasa. De plato fuerte, pechuga asada rellena de champiñones con queso sobre una salsa de chipotle. Bastante rica también, pero pensé que no me la terminaría.

Volví a mirar por la ventana y esta vez, a pasos de mí, encontré a una morena de cabello rubio, evidentemente teñido. Llevaba una sudadera gris con bolsillo de canguro, donde tenía ocultas las manos. Sacó el puño y lo acercó a su nariz, aspiró fuerte y los ojos comenzaron a girarle, al igual que la cabeza. La barda del restaurante le cubría hasta la cintura, pero yo sabía que empujaba algo; en un principio imaginé que se trataba de un carro de comida o hasta del supermercado. No fue grata mi sorpresa al darme cuenta que tenía un protector de lona: era una carriola. Justo cuando me alcé para asomarme qué –o a quién– llevaba, la mujer dio media vuelta y cuando cruzó la pared que dividía mi ventana de la otra, había desaparecido. Sentí el estómago vacío.

Las personas que estaban alrededor de ella no se mostraron conmocionadas en lo más mínimo. No sabía si tranquilizarme o angustiarme más; ninguno la miró. Llegó el postre. Un pequeño rollo de crepa rellena con crema de avellanas. Una cereza como toque final. Setenta y seis pesos. Por más prisa que me di, no volví a verla.

Agradecimiento archivos gráficos de la autora. MMXVI. 

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Teléfono: 01 55 5535 1022.

Ignacio Manuel Altamirano 125, San Rafael, 06470 Ciudad de México

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