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Calle Donceles

“Nadie quiere deshacerse de los Beats”

“Generación beat se refiere a un grupo de escritores estadounidenses de la década de los cincuenta, así como al fenómeno cultural sobre el cual escribieron.” (Wikipedia)

Apéndice. Café antes del concierto.

Junio 2016, Ciudad de México, calle Donceles, donde se realizan búsquedas de lo más emocionantes: está repleta de librerías “de viejo”. Requería encontrar un libro que deseaba desde hace mucho. Fue una invitación que había hecho a alguien con quien comenzaba a compartir vida: Leer a Kerouac en un viaje por carretera. Lo acordamos; era fecha en que llevábamos tres o cuatro viajes en coche y no se había cumplido el trato.

Fui a una librería, a otra, a otra y a otra más, zigzagueando por la calle, asegurándome de no excluir ninguna opción, donde por fin me dijeran “sí, ‘En el camino’, lo tenemos”. “No tenemos nada de Kerouac”, “no tenemos nada de los beatniks”, una y otra vez. Le pregunté a un chico de gafas y overol azul marino:

-¿Por qué, oiga? Tengo curiosidad.

-Porque dependemos enteramente de lo que nos traiga la gente. Los tendremos hasta que alguien quiera deshacerse de ellos.

A punto de rendirme y habiéndola descartado por “el pecado” de no lucir antigua, volví a entrar a la única librería donde no había preguntado. El señor que me atendió me invitó a tomar asiento mientras revisaba si el libro estaba en su bodega. Durante mi espera, encontré la postal de un conejo sentado en una canasta con flores. Recordé que de niña tuve varios conejos de mascota, cuyos destinos ya no supe, excepto que “se los habían llevado a un terreno donde podían correr a sus anchas y ser felices”. Luego vino a mi mente mi amiga Eugenia, quien ahora estudiaba arte dramático en Nueva York. Le prometí que le escribiría. Pensé que una postal con conejos sería mejor que nada…

-¿Señorita?

-Dígame –regresé.

-¿Cómo ve? ¿Sí lo quiere?

Claro que sí. No sería viejo, quizá no tendría más historia que el trayecto de la fábrica a mis manos, pero al fin lo leería. Había que celebrar. El número 86 me pareció el lugar indicado: Café Río. La antigua moledora de café en la entrada me decía que podría disfrutar de una buena taza. Pedí el último menú del día, también un americano.

El suelo tenía mosaicos pequeños en blanco y negro. De la mitad para arriba cubría un espejo y una cenefa negra a la mitad anunciaba con letras doradas los postres y cafés, lo que daba un aspecto más anticuado al lugar, curiosamente hospitalario. La mayoría de las mesas estaban ocupadas por ancianos, tres de ellos dando la impresión de acudir al café con regularidad, pues ya intercambiaban chistes con el mesero y con una señora que me había obsequiado una sonrisa al entrar.

De pronto, llegaron dos jóvenes a saludar a la señora; parecían ser sus nietos. Uno se sentó junto a “la abuela”. Al segundo le perdí la pista en lo que escribía el comienzo de este relato, pero me sorprendió con un “salud” y una sonrisa luego de que estornudara. Era más apuesto que el otro, llevaba cabello largo y una chaqueta verde militar. Disparador emocional.

Memorias: Casi ocho meses atrás. El chico del trato con Kerouac sentado en la terminal, fumando un cigarrillo y mirando su celular. Llegaba yo a la cita, el corazón se me salía por entre los botones del vestido, misma tela, mismo color que su chaqueta verde militar.

Le devolví la sonrisa.

“OK, Gema” –medio escuché decir a una mujer con delantal. En secreto le pregunté cómo era que se llamaba la señora. Me repitió el nombre y he de admitir que me decepcioné al no ser tocayas en otra causalidad (mi nombre es Emma).

-Se llama Gema. Es la dueña del restaurante. –comenzó; digo “comenzó” porque terminó contándome que era árabe y que tenía años viviendo en México, todo con evidente cariño y hasta orgullo– Y tiene su gemela, se llama Telma. Es la que está ahí en la foto.

Sólo alcancé a ver que era en blanco y negro. De postre pedí un dedo de novia (un rollito de pasta de textura similar a una hoja de papel, relleno de nuez picada, horneado y bañado con almíbar de miel). La mesera no supo decirme por qué se les llama de esa forma. “Así les dicen…”

La abuela hablaba por teléfono con alguien a quien amaba (le dijo “te amo”, yo le creí). Al parecer, lo felicitaba; probablemente fuera su cumpleaños. “Deja te los paso” –y acercó el celular al par de muchachos. Ninguno quiso. La abuela disimuló y llevó la conversación y el celular por otro lado. Cuando terminó, intentó una vez más que los muchachos hablaran, sin tener éxito. La anciana dijo a su interlocutor: “Te los iba a pasar pero están de mamones”. Me cayó en gracia la naturalidad con que lo dijo, también a ellos.

Olvidé echar un ojo a la fotografía; en otra ocasión sería.

*No hay fuentes que confirmen el porqué del nombre “dedo de novia”, aunque algunos lo adjudican a la forma, delicadeza y dulzura del postre.

LEER: http://www.ciudadocio.com.mx/musica/resena_concierto.php?id=103

“Mi lápiz parece un anzuelo
Y estamos limitándonos a tanto más

colgados de este pescuezo que aún no se quiebra

Y estamos asfixiándonos con tanto gas,

reíte aunque sea de mí, que para eso estamos.”

            -“Eterno retorno”, Juana Aguirre (Perotá Chingó)

Calle Donceles

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