Menú Ciudad Ocio
24 MARZO 2017
  • Comentarios

Después de unos minutos de tenue conversación con las luces encendidas, de ver parejas jóvenes, con hijos, con canas y tomados de las manos, el Auditorio Nacional se oscureció para que un grito atemporal lo llenara todo.

Vino el piano, ése que todos conocíamos, luego trompetas que asemejaban trinos, para recibirlos. Joan Manuel Serrat, Ana Belén, Miguel Ríos y Víctor Manuel, mosqueteros veinte años después, alzaron sus brazos y sonrisas al cielo que llenaban nuestros cuerpos. El gusto, comprendimos, empezaba a ser nuestro cuando la voz de Serrat, aunque no necesitábamos saberlo, nos anunciaba “Hoy puede ser un gran día”, secundado por Víctor Manuel, Ríos y Ana Belén, dando así por comenzado un concierto emblemático que no creíamos volvería a repetirse.

Las generaciones, de pronto, se fundieron al grito, que no canto, de “¡y mañana también!”; parejas que se habían enamorado con la voz de al menos uno de ellos, jóvenes que acompañaban a sus padres y querían conocer, a través de sus ojos, esa España reaccionara, rebelde y romántica que vistió los años más difíciles del mundo.

Acabado el presagio, el escenario quedó solo con Víctor Manuel, de 69 años, quien hizo del viento pura ternura al cantar “Sólo pienso en ti”, canción que cuenta la historia, nos lo dijo al terminar, de una pareja con síndrome de Down que, hoy por hoy, “son relativamente felices, y tienes tres hijos, dos de ellos universitarios”. Siguió “¿Cómo voy a olvidarme?”, un grito por rescatar del olvido a todos esos muertos que dejó anónimos el Franquismo y que, como el mismo cantante nos advirtió “Es una canción que habla de España, pero sitúenla dónde ustedes quieran”. Su participación concluyó con la nostalgia adolescente de “¿A dónde irán los besos?”.

Fue después el turno de Joan Manuel Serrat, quien, entre intervalos de humor, agradeciéndole a los jóvenes que iban a verlo por acompañar a sus padres, nos trajo la emblemática “Cantares”, vigentes los golpes y los versos 48 años después de su aparición; luego, su sarcástica y coreadísima por todo el Auditorio, protesta contra el poder: “Algo Personal”.

Y entonces… ¡Rock & Roll! Apareció Miguel Ríos para sacarnos de la atmósfera de balada y ponernos a bailar, fresco del retiro al que se exilió seis años atrás (que lo obligó a “colgar las cuerdas vocales”), y cantarnos “Bienvenidos. El cantautor granadino es el mayor del grupo, y el que menos lo aparenta: con 72 años, sigue moviendo las caderas con los dedos enredados en el cabello de rizos desordenados. Acabada su primera demostración de rock, Ríos nos imprecó la falta de movimiento, nuestra pasividad. Nos señaló y, hablando de Donald Trump, “el presidente naranja”, dijo: “Les van a poner ese puto muro, ¿eh? Están muy tranquilos ustedes, muy de ópera. Necesitan moverse”. Esto bastó para que, al son de “Rocanrol Búmeran”, bramáramos, súbitamente inconformes, con ganas de cambiar el mundo a través de la música que nació para decir “no”, y decirlo todo.

Ana Belén, guapísima a sus 65 años, apareció para devolvernos el romanticismo y la esperanza y, tras cantar la hermosa versión castellana de “Piano Man”, le dijo al público, con su sonrisa de siempre: “Sobre el diablo naranja (Trump), va a pasar, como ya han pasado muchos. Va a pasar y nos va a parecer a todos sólo un mal sueño”. Habló de Joaquín Sabina, amigo y amor platónico, como preámbulo para la canción que él le regalara en 2001, “Peces de Ciudad”, acompañada en el piano por David San José, su hijo con Víctor Manuel.

Así, por espacio de tres horas y media, de “Todo a pulmón” a “Mediterráneo”, pasando por “Lía”,Soy un corazón tendido al sol” y hasta las mexicanas “Dime que me quieres” y “Quiero abrazarte tanto”, el Auditorio Nacional se vistió de revolución, de canto y poesía.

El cuarteto se reunió en el escenario para cantar el “Himno a la alegría”, y, con “Fiesta”, anunciarnos que la noche estaba llegando a su fin. Se despidieron momentáneamente, sólo para escucharnos pedir otra, y otra más, deseo que se satisfizo con la visión de Ana Belén a contraluz en el escenario a oscuras, quien, con su jovencísima voz, abrió terreno para que el Coloso de Reforma deviniera Historia y se transmutara en eso que todos queríamos mirar…Y ahí estaba, “La puerta de Alcalá”.

La noche del miércoles 15 de marzo, México crispó de alegría sus puños, alzó al cielo la voz, dijo “no”, y dijo “sí”, y dijo las palabras que marcaron nuestra juventud; se miró de frente con España y, a golpe de voz, luchó con ella por el gusto de haber coincidido veinte años después y para siempre.

Comentarios


Ciudad Ocio | Footer