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Por Scarlett Badó
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Hay que tener fe, valga la obvia ironía, para leer un libro con tal título. Exige no poca valentía por parte del autor el nombrar su novela con palabras que ahuyentarán a cientos de lectores —haciendo a un lado a las muchachas devotas que quizá se arrimen con la creencia de haber hallado un manual práctico de instrucciones-, pero vale la pena acercarse a su temática. Quienes, como yo, tomen la obra del anaquel en pos de una sátira a la vida religiosa, también se verán sacudidos. ¿Cómo, entonces, recomendar la lectura de una creación así? El único reto es acercarse. Las páginas son breves; el encanto, vasto. Pero no espere usted fidelidad al título. Narrado en primera persona por un protagonista nada confiable, Cómo me hice monja sigue las angustias de una «niña» llamada César. El resto del mundo —y habría que confiar en ellos por ser mayoría— se refiere a ella como a cualquier muchacho. César, por otro lado, se asume a sí misma en el sexo femenino y nunca se detiene a explicar tal incongruencia. Toda una violación a la ecuanimidad cerebral. César Aira, este argentino de escasa reverencia (ha llegado a menospreciar el trabajo de Julio Cortázar), no carece de magia al plasmar sus letras. Cómo me hice monja, repleto de imágenes abstractas y figuras retóricas que desafían la atención, bien podría ser un poema de largo aliento en prosa. El laberinto de las construcciones lingüísticas, eso sí, resulta increíble en una voz que dice contar con seis años de edad. Nota para los fieles a la estructura tradicional del relato: Aira no tiene piedad a la hora de destruir modelos. No se busque un gran conflicto que desemboque en solución prodigiosa. No se busque, siquiera, una especie de final abierto que deje lugar a especulaciones satisfactorias. ¿Tensión dramática? Desde luego, si uno sabe degustar los giros que ocurren en el pensamiento enmarañado del autor. La niña César es el instrumento de dichas vueltas. Ella, tan siniestra como inocente, vive mortificando a los adultos con sus barreras mentales; dificultando las tareas cotidianas de quienes la rodean, por mero entretenimiento. Esta historia no trata de volverse monja, incluso si César asegura lo contrario en la primera línea. ¿Las novelas necesitan una anécdota palpable? Es de rebeldes, tan prolíferos hoy, contestar que no —y podrían estar en lo correcto. La trama de Cómo me hice monja es apenas un títere; es plastilina moldeable en manos de un intelecto caprichoso que reinterpreta las peores desgracias para ajustarlas a su idioma propio. A cambio de aceptar desprendernos del molde, el escritor —a ratos niña— nos obsequia un lenguaje lleno de especias, donde burla y reflexión jamás son restringidas. Busque el libro en bibliotecas o librerías del centro o simplemente siga nuestro enlace y léalo en línea. Bien vale la pena.

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