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Por Alicia Ayora
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La vida se ha vuelto un deber.

Un hombre simple, sin aspiraciones, escrúpulos y ambiciones sociales establecidas, se traduce en  “solitario, aburrido y anormal”. Después de conocer a Meursault, protagonista de la novela El extranjero de Albert Camus, me cuestionaría hasta el discurso de los ideales y el de la pasión como formas filosóficamente esenciales de vivir la vida. Cuestión de percepciones. Hasta quien desea pasar inadvertido está penado.

Que a nadie moleste, que nadie me deba, pasar así, pasar por la vida y disfrutar sin necesidad de exaltaciones, ni lazos, cuerdas al cuello; que la virtud radique en mi invisibilidad.

Que la intensidad de las cosas que vivo, como las vivo y las manifiesto, las determine yo.

Para el protagonista de El extranjero, vivir era tan simple que nada parece inmutar la pasividad y forma de vivirla, así sin más, con sus propias medidas de valor determinadas por su emoción orgánica y no por las que suele regirse la vida del hombre. Tal desapego a las convenciones sociales puede significar, o que las personas seamos unas tabulas rasas o que no signifique nada, como pensaría Meursault.

El extranjero es una novela ambientada en Argelia. Al protagonista, Meursault, hombre ordinario, que vive solo después de llevar a su madre a un asilo ante la imposibilidad de cuidarla, con un trabajo de oficinista marcado por la rutina -algunos días más cargados que otros-, le avisan del asilo que su madre ha muerto. Pide permiso en el trabajo y pide prestado un traje para la ocasión. Durante la entrevista con el director del asilo éste le explica lo sucedido, Meursault escucha con la misma pasividad y silencio con la que entierra a su madre.

Las lágrimas parecen no ser un recurso en su vida; regresa a la ciudad y Marie una mujer que le encanta, lo invita a descansar en la playa con sus amigos; ese día su vida se vuelve una desgracia. La trifulca con unos árabes -que había iniciado en la ciudad uno de los amigos de Marie-, termina frente al mar con la muerte de uno de ellos cuando Meursault dispara cuatro veces sobre él.

En la segunda parte de la novela, Camus, sin desafiar directamente al lector, cuestiona en la voz de Meursautl condenado a muerte, la moral bajo la que se define hasta la misma salud mental de los individuos, y desde la cual está el afán de encontrar una explicación lógica a lo absurdo.

La falta de lágrimas como muestra irrebatible del dolor ante la muerte de su madre, el deseo de descanso y el disfrute del sexo con Marie después de enterrarla, resultan tan indignantes que se transforman en testigos de la “crueldad criminal” del acusado y justificación de los cuatro disparos sobre el árabe asesinado.

Hay que leer la obra para entender la “sin razón” del protagonista para haber disparado. “Qué me importaba la muerte de los otros, el amor de una madre, que me importaba su Dios, las vidas que uno escoge, los destinos que uno elige, puesto que un solo destino debía elegirme a mí y conmigo miles de millones de privilegios que, como él, (el capellán que va a confesarlo) se decían mis hermanos”. . Leí y releí las últimas dos páginas que me siguen poniendo la piel de gallina y me hacen pensar que al final si fuimos elegidos para morir, deberían dejarnos vivir nuestra propia vida. ¿Acaso no es suficiente?

El extranjero (1942) fue la primera novela publicada por Albert Camus, en la que materializó su visión del destino humano como absurdo.

 

Novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista, nacido en Argelia, fue premio Nobel de Literatura en 1957. Nacido en el seno de una modesta familia de emigrantes franceses, su infancia y gran parte de su juventud transcurrieron en Argelia. Inteligente y disciplinado, empezó estudios de filosofía en la Universidad de Argel, que no pudo concluir debido a que enfermó de tuberculosis. Murió en un accidente de tránsito en 1960. Entre sus obras están El mito de Sísifo, La peste, La caída, El hombre rebelde entre otros.

Fotos tomadas de: libertaddigital, mercadolibre, historiaybiografias, magazinepanda. 

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