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Por Alicia Ayora
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Como otras obras de ficción que he leído, “1984” parece ser el cumplimiento en proceso de un desesperante vaticinio. Cuando la historia de un libro refleja la cercanía a una realidad bastante desoladora, continúo leyendo con la esperanza de un final que deshaga mis angustias. George Orwell en “1984” me deja un sentimiento de ansiedad… ante la innegable verdad del uso del lenguaje como el arma perfecta para controlar. Eso está en nuestras narices, lo vivimos todos los días, está presente en la masificación ideológica de cualquier discurso dominante, sólo hay que reducir todo a un término -la palabra “felicidad”, por ejemplo- y podemos sentarnos en la butaca a ver lo que sucede. La dictadura no es cosa del pasado ni la sofisticación tecnológica cosa del futuro. El fanatismo no es exclusivo de las religiones ni la ignorancia de la falta de educación. Las acciones ilícitas descaradas de gobiernos tiranos, hoy son ironías revertidas, cinismo que maquilla la verdad innegable de sus patrañas; la manipulación de la realidad a través del lenguaje está en boga, y la necesidad humana de explicarse el mundo, nos hace vulnerables a ella. ¿Podemos pensar o imaginar lo que no existe en nuestro lenguaje? He ahí el riesgo. A menor lenguaje, menor entendimiento del mundo… y mayor riesgo de manipulación. La historia sucede en Londres, ciudad perteneciente a Eurasia, una de las tres grandes potencias mundiales de 1984: dominada por el “Gran Hermano” y el partido único. Winston Smit trabaja como funcionario del “Ministerio de la verdad”, entidad encargada de controlar la información, falsear la realidad y manipular la opinión pública; decide rebelarse contra el gobierno totalitario que vigila hasta la respiración de los ciudadanos, castigando a todo aquel que pretenda delinquir con el pensamiento. El vocabulario de la ciudadanía ha sido reducido a pocos términos compilados en el “Diccionario de la Neolengua”, cuidadosamente elegidos por el sistema; a lenguaje escaso: ideas cortas. En Eurasia nadie pueda pensar más allá de lo que el mismo sistema requiere. ¿No es acaso una analogía de lo que sucede en la Isla de Cuba, por ejemplo? Suponiendo que estuviéramos destinados -unos más, otros menos- a la docilidad o a la rebeldía, Winston vive en la angustia de ser descubierto al expresar con cualquier actitud, gesto, balbuceo en la inconciencia del sueño o reacción involuntaria del cuerpo -como el pulso acelerado- su ser insurrecto, el deseo y necesidad de libertad. Prohibido el amor, el deseo sexual, engendrar hijos sólo para beneficiar al partido, violación a la intimidad, la vida se convierte en un infierno. La emoción como asunto del pasado y la racionalidad obligatoria también son algunas de las condiciones bajo las que vive. Tengo muchos amigos cubanos que me han narrado experiencias terribles que, sin quererlo, al leer el libro, no puedo dejar de estremecerme recordándolas… Winston se arriesga, transgrede todas las reglas del partido, se enamora de Julia para luego unirse a la ambigua Hermandad con la esperanza del cambio por mediación de O´Brien, comisario de la policía del pensamiento, un delator, el mismo que lo captura y lo entrega al Ministerio del Amor, donde sufre todas las vejaciones posibles, hasta convencer al ingenuo disidente de que la rebelión es algo inalcanzable. Para Winston Smit la salvación del futuro está en la clase proletaria, marginados que gozan de cierta libertad, los únicos que aún pueden ser salvados de la ignorancia. ¿No es irónico? G. Orwell es el seudónimo de Eric Blair, escritor británico. Vivió varios años en Paris y Londres. Colaboró con los republicanos en la Guerra Civil Española, en la Segunda Guerra Mundial formó parte de la Home Guard y actuó en la Radio inglesa, experiencias que lo marcaron como un luchador contra las normas sociales establecidas por el poder político. Ente sus obras están “Rebelión en la Granja” (1945), otro libro genial que cada vez cobra más actualidad, desgraciadamente… y “Días en Birmania” (1934) y “Sin Blanca en París y en Londres” (1933). Es un autor para siempre. Tristemente.

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