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Por Salvador Lemis
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Alain Fournier (Henri Alban Fournier) escribió en 1913 la novela El gran Meaulnes. Fue su única narración larga, lo demás fueron cartas, poemas, trozos dispersos. La guerra, la primera gran guerra le sorprendió: marchó de avanzada y le mataron a sus 22 años de edad. Existe la noticia de que recientemente, mientras abrían viejas trincheras y exploraban terrenos en Francia, hallaron un esqueleto acurrucado. Apretado entre el polvillo había una carpeta de cuero, una especie de comando colgante con plumas momificadas, libretas destruidas. Era Fournier. Como todos los grandes genios, murió incomprendido y solo. En un pueblo de un rincón recóndito de la campiña francesa un niño, hijo del maestro del pueblo, comienza el curso escolar. De entre sus recuerdos aparece, destacada, la figura de un chico grande e inteligente que fue a su escuela y vivió en su casa: Meaulnes. Un chico aventurero y nervioso, que un día escapó y, tras perderse, encontró un castillo, para él mágico, una hermosa chica y un inolvidable baile de disfraces para celebrar una boda que nunca se llevó a cabo. Personas y lugares maravillosos que no volvió a encontrar en el laberinto de caminos que supuso la vuelta. Aquella aventura transformó a Meaulnes y trastocó su vida; todo después fue la búsqueda de aquella mujer y aquel sitio, nada más. Narra los pasajes adolescentes de dos chicos: Augustin Meaulnes y su amigo François Seurel, deslumbrado por la osadía y la aventura. Historia de iniciación (amorosa, sexual, de conocimiento) acerca de la cual expresó el poeta Eliseo Diego: “Es una novela sobre la adolescencia y sus casi insoportables alegrías y dolores. Este libro tenía que haber sido escrito, de lo contrario nos habría quedado como un vacío insondable, como un hambre de no se sabe qué”. O sea, que si a veces te preguntas qué sucede y por qué existe un gran vacío en tu alma, un espacio espiritual imposible de llenar -intentas una vez y otra acudir a aquellos detalles que te provocan cierto estado de alegría, pero vuelves a derrumbarte-, es que tal vez aún no lees esta maravillosa novela. Veamos este pasaje de la extraña fiesta donde todos estaban disfrazados de Arlequines y Pierrots, damas de corte, caballeritos y doncellas encantadas, entre grandes mesas de manjares, ponys, un lago encantado, calesas oscuras, habitaciones lujosas, pianos de cola, pistolas de nácar, libros de viajes: “No había ni un solo convidado con el que Meaulnes no se sintiera en confianza y a gusto. Así explicaba, después, esta impresión: Cuando se ha cometido una grave e imperdonable falta, a menudo piensa uno sumido en la mayor amargura: “A pesar de todo, en el mundo hay alguien capaz de perdonarme”. Uno se imagina viejos, abuelos llenos de indulgencia, convencidos, ya de antemano, de que todo cuanto hagas está bien hecho. En realidad, los comensales de aquella sala habían sido escogidos entre gente así. El resto, eran adolescentes y niños…” Para las personas que deseen penetrar en el increíble universo de Fournier y jamás salir, aquí está el libro.

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