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Por Óscar Schinca
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Desde un punto difuso del año pasado, he seguido una página de Internet llamada Tinta Chida. Es un portal que se antoja refugio para todos aquellos que quieran vivir de la escritura, al mismo tiempo que intenta formar una comunidad de escritores en ciernes. Alejandro Carrillo, la mente siniestra detrás de este esfuerzo, se esmera en enviar correos personalizados a cada una de las personas registradas en el news letter. Y, aunque desde el principio se sospecha que es un mail idéntico el que reciben todos, está suave encontrar tu nombre al principio del correo y ser interpelado por el mismo en singular, con ese tono tan campechano que tiene Alejandro para escribir su boletín.

De vez en cuando, Alejandro mencionaba en las entradas una novela mítica que llevaba años escribiendo. A esta solo le llamaba “mi novela de Bob Dylan”. Lo mencionaba con tal emoción (y esto sumado al cariño que le tengo a la música de Dylan desde mi adolescencia) que se me cocían las habas por leer la novela que tomó años forjar.

En uno de sus boletines, Alejandro me (nos) contó que su novela se había sacado el Premio Mauricio Achar y que iba a ser publicada por Random House. Este premio de por sí ya era un mito para mí, pues su primera edición (2015) premió a una muchachita de 19 años y su novela, que no he leído, pero se me antoja casi por puro morbo, llamada Campeón Gabacho. El libro de Carrillo ya iba a ser publicado (por un monstruo de las editoriales) y al fin le daban nombre: Adiós a Dylan.

Cuando leí la contraportada de la novela, lo primero que pensé fue “este vato se fusiló mi adolescencia”. Porque el libro habla de un adolescente obsesionado con Dylan que sufre los avatares del amor (un amor enfermizo, extremista, como son todos los de la adolescencia). Claro que, para que el lector no se durmiera a la cuarta página tuvo que cambiar unas cosas. En primera, la vanshee que le rompe el corazón hace porno por internet, y en segunda agregó un caso de incesto menor, un hermano muerto y violencia.

Entonces más ganas de leer la mentada novela me dieron, hasta que vi el precio y decidí que podía esperar a que bajara un poco.

Sin embargo, en estas pasadas navidades, mi madre (que es una santa) me regaló el libro y dejé todo lo que estaba leyendo para darle de lleno a aquella representación novelada de mi adolescencia.

Con forme me fui adentrando caí en cuenta de que mis delirios de grandeza estaban infundados y la narración se adentraba a sitios insospechados por mi yo de 17 a 19 años.

Esta novela es un retrato logradísimo de la adolescencia en la Ciudad de México, lo esperanzador y lo terrible, las alegrías, cómo te tumban las penas a esa edad.

Me sorprendió ver en la narración un lenguaje dispar con el que Alejandro utiliza en su portal, pero fue una sorpresa agradable, porque la verdad no sabía si iba a poder aguantar aquel tono a lo largo de 250 páginas.

Sin embargo, el lenguaje del ciudadano de a pie no se hace extrañar. Está presente en los personajes; mismos que están construidos meticulosamente y logrados de maravilla (casi todos tridimensionales, todos los importantes, cuando menos). Por momentos se vislumbran prodigios de lenguaje y por otros la jerga popular raya en el lugar común.

Lo mismo pasa con la estructura. Comienza de maravilla y da gusto ver que se utilicen con tanto buen tino analepsis y prolepsis, cada una con su debido tiempo gramatical. Pero, de pronto, se pierden y toda la historia comienza a transcurrir en el presente. Y no está mal, se entiende, la novela así lo pidió. Como pidió que la historia de amor/desamor (el eterno retorno de la adolescencia) tuviera su justo final antes de que concluyera el libro.

Porque, más que retratar a un chavito obsesionado (mucho más de lo que yo jamás estuve) con Bob Dylan sufriendo por el desamor de una muchacha terrible, la novela es un viaje iniciático, un coming to age amplísimo y emotivo que de vez en cuando a uno lo hace pensar en On The Road o The Dharma Bums.

Cada uno de los capítulos (con excepción del último) está acompañado de una canción (de Bob Dylan) que lo representa. Y, si bien yo no leí el libro mientras escuchaba las canciones porque mi capacidad de concentración deja mucho que desear, fue agradable encontrarme con canciones que tenía años sin escuchar, y que formaron parte esencial del sountrack de mis años mozos.

En más de una ocasión me descubrí recordando con cariño al Óscar de 18 años, de pie frente al legendario Orizaba 210 en el que vivieron los beats, escuchando el Blonde On Blonde, o hecho una gárgola en cualquier cafesucho, garabateando versos espantosos que ahora espero haber quemado.

Recordar es volver a vivir, dicen, pero no, porque recordar (como escribir, como leer) resulta un tremendo ejercicio de imaginación. Por eso, esta novela nos hace reconocernos en quien recuerda (aunque no sean más que ficciones) y eso siempre se agradece.

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