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Por Gustavo Emilio Rosales
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REVISTA DCO DANZACUERPOOBSESION

HABEMUS DANZA

Para Susana Tambutti

La danza es una impronta constitutiva de lo humano. En cualquier lugar en el que existan una mujer, un hombre, un niño, un clan, es posible la danza.

Se danzó en el ritual y frente a la guillotina; en las ceremonias prehispánicas, que actualizaban la vigencia del Cosmos; y entre las gradas de los enormes estadios de futbol; en los recintos cortesanos, para halagar al Rey o al gran Señor; y también sobre aceites adictivos del prostíbulo. Danzaron los del Norte, los del Sur; los del Este y el Oeste; con dinero y sin dinero. Danzaron ayer, danzamos hoy. Mañana, si llegamos a estar vivos, seguramente danzaremos. La danza es una garantía de la presencia humana, del cuerpo en esplendor.

En las actuales sociedades de consumo, la danza se experimenta con no poco vigor: hay concursos televisivos que la tienen por protagonista, decenas de academias que imparten enseñanza en diversos géneros y estilos, fiestas multitudinarias que la tienen por eje, programaciones de espectáculos coreográficos en teatros convencionales y circuitos artísticos al aire libre; incluso hay videojuegos que consisten en desarrollar actos de danza sobre una carpeta repleta de circuitos electrónicos. Las realidades física , conceptual e histórica de la revista que contiene estas palabras son también evidencia del peso cultural  de la danza, como también lo es el comercio, vía internet y en negocios establecidos, de libros y videos relacionados con el tema. Cabe mencionar que en centros universitarios de varios países , la danza ostenta créditos de profesionalismo académico, a la par de saberes canónicos, como los científicos o jurídicos.

Prolifera la danza. Cierto. En varias partes de Latinoamérica —para aludir a las condiciones que se ofrecen en los países menos aventajados—, es posible acceder a la experiencia de clases correspondientes a técnicas ortodoxas , o a aquellas consideradas inusuales. Lecciones de butoh, ballet, improvisación de contacto o flying low forman parte de la oferta cotidiana en la materia. El común de los mortales puede matricularse en sesiones de danzaterapia o biodanza, o inmiscuirse en prácticas que se dan en esferas populares, como las del danzón, que se fomenta en  la plaza  del pueblo; o las relacionadas con la milonga tipo queer, donde los géneros sexuales deslavan sus roles de poder.

¡Tanta danza a la vista! A meses de su estreno, se sigue hablando de Cisne negro, la cinta de Darren Aronofsky, y gran expectativa general del estreno latinoamericano del documental sobre Pina Bausch filmado en 3D por Wim Wenders. En México, el festival de videodanza Agite y sirva organizó su edición correspondiente a 2011, en la que se implementó por vez primera su seminario de curaduría. El próximo mes de julio, en Chile, tendrá lugar el segundo Encuentro Latinoamericano para la Gestión de la Danza, convocado por la Red Sudamericana de Danza, que dirige Natacha Melo, de Uruguay. Ésta en peurta la Semana de Artes do Corpo, en Perdizes, Brasil, a la que dará guía la investigadora Helena Katz; en tanto que en Buenos Aires, Argentina, Susana Tambutti continúa con esfuerzo y coherencia las Jornadas de Investigación avaladas por el Instituto Universitario Nacional del Arte (iuna), en las que se incluye la participación de especialistas de renombre internacional. Mas casos destacados hay para citar, y por decenas.

En definitiva, la danza aparece con claridad en países del llamado Tercer Mundo latinoamericano. No con la contundencia y fortuna que se desearían para ella,  pero sí con la claridad, es decir, en formas legitimas y mediante conjuntos de procesos y procedimeintos que tienen horizontes. Aquí está ella, en mitad de los negocios del crimen y la corrupción, en sociedades cada vez más laceradas por la desigualdad social,  y pese a los mecanismo orquestados desde Washington —aplicados fielmente por caciques locales— para empobrecer económica y culturalmente la región.

La danza no sólo está frente a nosotros, sino que surge de nosotros. Rebasa con mucho las cuestiones especificas de actividades corporales que son utilitarias, deportivas o recreativas, pues a través de ella el sujeto se puede tornar capaz de construirse a sí mismo. El presente texto tiene como propósito, precisamente , señalar que las numerosas manifestaciones de la danza constituyen un conocimiento capaz de transformar, de liberar, de subvertir las guías, normas y dictámenes que limitan los accesos del ente o criatura que meramente vive para continuar viviendo hacia la dimensión de autonomía de la persona.

Dada la claridad de su presencia, es el momento propicio para articular un conocimiento acerca del conocimiento que es la danza. Se trata de sentar las bases de una epistemología de la danza, pues lo que de ella se requiere, adquiere practica, divulga y estructura, aunque numeroso y manifiesto, que se encuentra aún encasillado en lugares comunes, degradado, atrofiado, marginado o subutilizado. Las visiones al uso confunden a la danza con el baile: moverse con cadencia al compás de la música, esa es la corta idea de la danza que se maneja comúnmente. En núcleos de enseñanza (no pocos de nivel superior), los planes de estudio aspiran a generar danzantes muscularmente moldeados en paradigmas de belleza decadentes, limitando de tajo el acceso al saber a los cuerpos que se suponen incapaces de cubrir tales estereotipos. En las programaciones artísticas, aún hay un buen número de espectáculos malogrados, que abundan en clichés extemporáneos y que intentan sostenerse en la equívoca idea de que el coreógrafo es el autentico creador dentro del procesos artístico, mientras que el bailarín en él sería sólo un mero ejecutante, una herramienta. Por otra parte, los públicos suelen sentirse defraudados ante exhibiciones coreográficas de estilo contemporáneo: buscan entender, localizar un código donde no habría tal, y esto da lugar a divorcios entre espectadores y oferta de creación artística. Y qué decir de las precarias condiciones de trabajo de los hacedores de la danza, quienes, mayoritariamente, han de allegarse fuentes de ingreso paralelas, con tal de subsidiar su persistencia en un arte efímero y mal acreditado, que muy rara vez les brindará opciones de subsistencia, mucho menos de reconocimiento social.

Hay muchas danzas, sí. Mucho de danza… Poco de todo esto se sostiene como saber. Existen, por supuesto,  y son visibles líneas correspondientes de investigación: descriptivas —semiótica, et al.— estéticas, históricas, etnográficas criticas… Sin embargo, la danza no pasa de ser considerada un habito social, afluente de espectáculos, ceremonias o ejercicios sensuales de interacción comunitaria. ¿Cómo se le puede, entonces, pedir más a la danza? ¿Es justo y meritorio hacerlo? ¿Es esto posible? Si consideramos a la danza como un cúmulo sublimado de evoluciones corporales motorizadas por la música y justificadas, en cualquier fin que se crea imaginable, por un canon de belleza, es evidente que la respuesta será no.

Pero la danza rebasa con mucho el baile y las nociones de emoción o belleza. En su libro, El alma y la danza, Valéry se refirió a ella como “el acto puro de la metamorfosis”. En otro texto sobre el tema, Filosofía de la danza, la definió como “la creación de un tiempo completamente distinto y singular”.  Se trata de claves epistemológicas, pues la danza, en su sustrato como  conocimiento, estaría ligada a la transformación poética de la imagen del cuerpo. La dimensión en la que la pregunta sobre el Ser cobra sentido corporal —esto es, realidad inmediata en la corporalidad del sujeto consciente, susceptible de autodeterminarse— es la evidencia de habitar un organismo generador de movimiento que puede descubrir e implementar procesos y procedimientos que provoquen que las condiciones de dicho movimiento rebasen  los efectos mecánicos  (desplazamiento, cambio de peso y dirección) e instintivos (reproducción, obtención de comida y albergue). Así, el Ser accede a los ámbitos de observación de sí mismo, donde las acciones  —en pleno derroche de lo que podrían ser sus estructuraciones ya codificadas, en plena refutación de cualquier exigencia utilitaria— se adhieren a los sentidos que lo fracturan en la carencia: la búsqueda de identidad, de razón para ser, de libertad, de realización en lo que se acepta o se conquista como sino.

El movimiento orientado por el debate existencial signa la base de la danza. Apenas si es necesario señalar que la danza no tiene entonces, necesariamente, que sugerir a la luz como neurosis: gran parte de las veces lo hace por la vía del placer, por medio de las lógicas urgentes del amor, el deseo, el erotismo. Hay una latencia de fuga inmediata, de satisfacción apenas virtual, que surge mediante cauces así de flamígeros, así de evanescentes. Habría que creer, entonces en la mirada que sostuvo a la danza, para afirmar que el conocimiento que la danza es,  consiste en la mera fe que la mirada deposita  en lo mirado: un lujo del recuerdo. El danzante se ofrenda a quien lo observa, al otro que es sí mismo, en instancia primera, sin promesa de tema que le sirva de sostén, de justificación: la ofrenda bastaría para hacer estallar el depósito de la verdad acuñada en signos duros. Las semillas semánticas derivadas de esta explosión, germinarían, en su extensa mayoría, tan sólo cual preguntas…Otra fertilidad quizá, no se le puede exigir a la Verdad.

Validar el conocimiento que la danza es, cual vía para conocerse y transformarse a uno mismo, no sólo coadyuvaría a dotar de cuerpo a los saberes filosóficos cercanos, sino que, seguramente, respaldaría, en calidad de argumento contundente, las apremiantes demandas que surgen de su práctica profesional y que se encuentran relacionadas con la implementación de mejores condiciones de enseñanza y desempeño laboral. Las consideraciones epistemológicas, en cualquier caso, no resultan ajenas a la laboriosa búsqueda  de un ámbito de profesionalismo determinado por posiciones constructivas.

DATOS DE LA FUENTE: 

COLABORACIÓN DE: Gustavo Emilio Rosales

Crítico e investigador mexicano (revistadco@yahoo.com.mx)

Tomado de REVISTA DCO. DANZACUERPOOBSESIÓN. (Epistemología) Número 14. 2011. revistadco.blogspot.com Págs. 34-35-36. 

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