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Por Jimena Eme Vázquez
Fotografías: Proporcionadas por la producción
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Cómo aprendí a manejar

El lunes 22 de mayo a las 7:20 pm., salí del metro Auditorio y me encontré con la réplica del diluvio universal. Unos veinte minutos después llegué a la Sala CCB con más apariencia de charco que de persona.

La obra que vi se llama Cómo aprendí a manejar. El texto es de la norteamericana Paula Vogel y la dirección es creación del grupo Conejo con prisa. En la iluminación, el Colectivo Luz y Fuerza saca fotones de lugares inauditos, y nos sorprende cada tanto con con una serie de recursos que casi podríamos denominar “efectos especiales”. Es imposible recordar esta obra y no pensar en la luz.

A la protagonista de esta historia la conocemos por su apodo y vemos cómo, a lo largo de los años, se le va aclarando el mundo. Y es que ser mujer no es fácil, por eso ella tiene un puñado de maestras dentro de su familia que le darán consejos sobre el sexo, los hombres y el alcohol. Pero a manejar no, esa lección se la dará alguien que la ha querido desde el día en que la cargó por primera vez: su tío Paco.

Con el paso de los minutos la violencia contenida en esta historia se vuelve abrumadora. Pero no hay sangre, ni escenas “fuertes”. Por el contrario: hay placer, complicidad y cariño, y una violencia que va rodeada de semejantes compañeros no puede ser tan mala ¿o sí?. Esta violencia es muy amable, como amables son las palabras que la expresan. Y es que a veces no hace falta brusquedad; el abuso pasa desapercibido, y es hasta que transcurren algunos minutos, horas o años que llega el escalofrío. A veces toma tanto tiempo identificar ciertas agresiones, que ya ni siquiera vale la pena gritar.

El elenco, integrado por Sofía Espinosa, Fernanda Echevarría, Belén Aguilar y Armando Espitia, se va turnando la encarnación de los personajes, de manera que podemos verlos a todos siendo todos. Más allá de plantearse consignas formales para habitar a quienes participan en la historia, lo que hicieron fue potenciar las relaciones entre ellos. Podían limitarse a reproducir los mismos gestos y muletillas, pero fueron más lejos: cada uno presenta su versión más repulsiva o más vulnerable, según el personaje. Cuando se está frente a colectivos que se entienden y se dan tanto espacio, dan ganas de que duren muchos años juntos.

Es una obra muy divertida por donde se le mire, pero aprovecha su simpatía para volverse cruel en cuestión de segundos. Como espectador no es fácil enfrentarse a esa violencia veladita, que es casi como una neblina y que se respira sin querer. No es fácil ni en el teatro ni en la vida. Pero quizá identificarla ya es un gran paso, porque una vez que se reconoce es posible reaccionar, y si se reacciona a las violencias sutiles, quizá resulte más sencillo hacerlo con otras más burdas. Como cuando manejas un auto con cambios manuales y después ya puedes manejar cualquier cosa.

En conclusión, si van a ver Cómo aprendí a manejar y al salir del metro Auditorio encuentran agua por todos lados, sean fuertes. Vale la pena la empapada. Y un consejo: si en lugar de llegar el CCB por el estacionamiento rodean el Auditorio y se van por el lado del Lunario, van a encontrar charcos más pequeños y de agua más clara. Una muda de pantalón y unos zapatos de repuesto en la mochila tampoco estarían de más.

Cómo aprendí a manejar. Dramaturgia: Paula Vogel. Dirección: Creación colectiva de Conejo con prisa. Elenco: Sofía Espinosa, Fernanda Echevarría, Belén Aguilar y Armando Espitia. Sala CCB del Centro Cultural del Bosque, Paseo de la Reforma y Campo Marte S/N. Lunes y martes 20:00 hrs. Del 15 de mayo al 4 de julio.

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