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Por Jimena Eme Vázquez
Fotografías: Ernesto Uranga
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Un tranvía llamado deseo

Cada tanto hay que montar a los clásicos del siglo XX. ¿Que ya hay tres o cuatro generaciones que no han visto tal obra? Pues va de nuevo. Es una práctica de lo más saludable. Así podemos tener al día la devoción a Pinter, Brecht, O´Neill o Beckett, con la certeza viva de que sus textos funcionan y de que el paso de los años no impide que podamos explicar el mundo con ellos. A Iona Weissberg y Aline de la Cruz les pareció que era momento de sacar de su letargo a Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams.

Lo primero que resalta es la escenografía y el vestuario que pintan este Nueva Orleans de mediados de siglo. De lo primero se encargaron Sergio Villegas y Emilio Martínez Zurita, mientras que el vestuario fue tarea de Emilio Rebollar. La misión fue cumplida y crearon las condiciones para echar a andar el drama. Seguramente para los que conocen la obra, el primer momento de emoción será cuando ocupen su butaca en el Teatro Helénico y contemplen la escenografía vacía.

Y entonces entran los actores. Otra Eunice, otra Stella, otra Blanche. A saber cuántas versiones de estos personajes ha habido desde que Williams escribió la obra. Y no nos cansamos. Podríamos ver todas esas versiones con el mismo afán con el que repetimos una y otra vez nuestra película favorita. El teatro está hecho para la repetición. Por eso el encanto de volver a montar los clásicos de vez en cuando, porque por más que leamos un texto y reconstruyamos con reseñas los montajes pasados, la única manera de ver las obras es con los actores delante.

En cuanto se encienden las luces después de la tercera llamada, la entrada de Blanche y Stanley (los dos grandes pilares de esta obra) es inminente. Primero aparece Mónica Dionne. Ahí está Blanche, vestida de azul y con el cabello rubio (¿Su Blanche tiene una peluca? La tiene. Pero no se escandalicen por nada, es una peluca a la que es posible acostumbrarse y que además podrá adquirir un significado más adelante). Luego viene Stella y poco después un musculoso Stanley que, al menos en apariencia, nos puede convencer.

Todas las dudas que un espectador pueda tener sobre esta Blanche y Stanley serán sobrellevadas con éxito durante toda la primera parte del montaje. La historia se cuenta, el resto de los actores están muy bien y es posible involucrarse con lo que pasa. El problema llega después del intermedio.

El propio Tennessee Williams, en la acotación que abre el segundo acto, nos advierte que a partir de ese momento el juego va a cambiar, que veremos a Blanche en otra dimensión. Y no es que esa dimensión no exista en la Blanche de Mónica Dionne, pero sucede que las cosas le pasan sin haber sido construidas. Y entonces cada uno de los giros lo va volviendo todo más ilógico y más atropellado.

Si usted es de esas generaciones a las que no le ha tocado montaje del tranvía, vaya a ver éste. Si ya ha visto otros y quiere volver a escuchar “¡Stellaaaaa!”, yo no le voy a detener. Para cualquier duda respecto a la historia, ahí está el texto editado. Y esperemos con ilusión a que dentro de una o dos décadas alguien vuelva a sacar al tranvía de su letargo, porque todavía tenemos deseo para rato.

Un tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams. Dirección: Iona Weissberg y Aline de la Cruz. Con: Mónica Dionne, Marcus Ornellas, María Aura, Rodrigo Murray, Daniela Rodríguez, Héctor Sandoval, Luis Montalvo, Omar Saavedra, Angélica May y Rebeca Roa. Del 3 de marzo al 30 de abril, los viernes a las 20:30 hrs., los sábados 18:00 y 20:30 hrs. y los domingos 18:00 hrs. Costo: 450 entrada general. Teatro Helénico, Av. Revolución 1500 Col. Guadalupe Inn.

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