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Por Jimena Eme Vázquez
Fotografías: Proporcionadas por la producción
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Homo empaticus

Elles lo consiguieron. Eso que ahora se nos antoja tanto: vivir en una sociedad sin odio, sin egoísmo, sin discriminación. Una mutación biológica, social (o quizá ambas) hizo que un buen día, a mitad de una guerra, un grupo de personas renunciara a ser de los salvajes homo sapiens para volverse empaticus. Y se fueron. Y fundaron un nuevo lugar para vivir tranquiles. Felices.

Para les empaticus el sexo no determina a nadie. Los conflictos son resueltos mediante el diálogo y logran el consenso en términos perfectamente cordiales. Todes se escuchan, se toman por personas interesantes y evitan las expresiones inadecuadas (aquellas que denominan algo que no existe). Cada palabra en sus frases es empáticamente correcta. O trata de serlo. Porque no siempre se puede, porque a ratos se les olvida que hay que ser buenas personas y entonces dicen algo que no va, piensan algo que no coincide con la armonía que tanto procuran. Si eso ocurre, suena la alarma y hay que echar a andar las estrategias para eliminar la discordancia.

Les miembres de esta especie viven en el Teatro el Granero de jueves a domingo. Su hábitat escénico lo diseñó Natalia Sedano y fueron dirigides por Cecilia Ramírez Romo. Les actuantes están en un tono tan constante y tan bien determinado que el mínimo gesto o silencio nos advierte cuando algo no anda bien entre sus personajes. A lo largo de la obra vemos distintos cuadros de la vida de les empaticus, a partir de los cuales podemos ir juzgando qué tanto queremos ser como elles.

Esta obra, de la autora alemana Rebekka Kricheldorf, no presenta una sola línea argumental, pero se vale de otros recursos para establecer la progresión dramática. Por ese lado, Homo empaticus tiene todas las claves puestas, tanto en el texto como en la dirección, para ser una obra que mantenga al público interesado en todo momento. Aunque claro, si un espectador va con ánimos de que le cuenten una historia con un protagonista y su respectivo planteamiento, desarrollo y desenlace, yo lo invitaría a que regrese a Homo empaticus otro día, cuando tenga todos los sentidos alerta y tenga la disposición de tomarse en serio a esta especie de homínidos, por muy cursis que le parezcan.

Homo empaticus ofrece la posibilidad de reconciliarnos con la violencia. No hablo de la violencia que llena los periódicos de sangre, sino de aquella que no podemos quitarnos y que tenemos que dominar. Porque también es peligroso pretender que todo sea paz y no saber medir esos impulsos salvajes cuando se presentan; quizá tan peligroso como tener conciencia de ellos y llevarlos al límite deliberadamente. Hay teorías que sostienen que una de las razones por las que los sapiens somos los únicos homínidos es precisamente por el grado de violencia que viene marcado desde nuestro ADN.

Por eso vayamos a ver a les empaticus, a falta de otra especie que nos sirva de comparación. Y en una de esas nos juntamos unes cuantes y nos vamos a vivir a otro lugar, donde podamos ser felices. No seremos exactamente como las personas de esta obra, pero quizá hasta logremos ser más armónicos. O armóniques. A fin de cuentas, “nada es tan bueno que no pueda ser mejorado”.

Homo empaticus, de Rebekka Kricheldorf. Dirección, Cecilia Ramírez Romo. Con Myrna Moguel, Daniela Luque, Dulce Mariel, Manuel Cruz Vivas, Eugenio Rubio, Alejandro Zavaleta III y la actuación especial de Diana Sedano. Teatro El Granero, Xavier Rojas, del Centro Cultural del Bosque. Paseo de la Reforma y Campo Marte s/n. Jueves y viernes, 20:00 h; sábados, 19:00 h; domingos, 18:00 h. Del 9 de febrero al 5 de marzo.

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