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Por Luis Santillán
Fotografías: Cortesía de la Producción
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Juegos de poder

Para la producción de Juegos de poder (Farragut North), de Beau Willimon, es muy importante dejar en claro que el autor es el creador de la serie House of Cards, y quizá sea relevante dado que se considera que la obra es un antecedente directo para la creación de la serie. El texto de Willimon fue la base para la película Poder y traición (The Ides of March, 2011).

Lo que llama la atención es que el referente del autor parece no ser relevante para la mayoría de los actores de la puesta en escena. Es un texto que exige una construcción compleja de personajes, es de suma importancia la asimilación y apropiación del discurso para que las palabras no sean sólo “charlas de política”, los matices y guiños son vitales dada la estructura del texto, pero lo que ocurre en escena es muy deficiente. A Santiago Stephens el personaje lo devora sin consideración, no hay un sólo momento en la puesta en escena donde logre encarnar lo creado por el texto; su propuesta se queda reducida a clichés físicos, volumen de voz sin contenido; ejerce, además del rol de actor, el de productor y el de traductor, quizá la importancia que tiene dentro del proyecto nubla a toda la producción para manifestarle que la puesta en escena naufraga por sus limitaciones en escena. Tanto Inés de Tavira como Lorena del Castillo se limitan a crear un personaje de formato televisivo, es decir, en el que no importa la creación y reacción de estímulos ni las motivaciones de personaje, porque lo importante es tan sólo cómo se ven, casi todos sus parlamentos carecen de intensión. Las escenas que comparten Stephens y Tavira evocan esos trabajos escénicos de escuelas privadas donde “actúan” sin crear personajes. Tanto Tony Dalton como Marco Treviño hacen uso del oficio para mantener sus escenas a flote.

Sebastián Sánchez Amunátegui es un director hábil, con propuestas interesantes, viene de un trabajo de gran calidad (Do Not Disturb). ¿Qué ocurrió en el proceso de puesta en escena? Si bien es cierto que la posibilidad del naufragio es constante en un hacer donde lo vivo gobierna, los resultados en escena de Juegos de poder no están en ese campo, las carencias, debilidades y fallos de esta puesta en escena no son producto de una apuesta que colapsa. El director tiene el bagaje y herramientas para explotar a fondo tanto la estructura como el contenido del texto, entonces, ¿qué ocurrió?, ¿qué impide que tome el control de la escena y exija a la mayoría del reparto el trabajo que se requiere?

La propuesta escenográfica de Sara Ramos es anquilosada, contradice el texto mismo, se convierte en un ejemplo de esas escenografías de teatro comercial que crean un set de televisión ante la nula comprensión de las necesidades de un espacio escénico. La iluminación a cargo de Carolina Jiménez aplana aun más la propuesta de Ramos, además es cansada y ayuda a que el espectador bostece ante el pobre trabajo de los actores.

Juegos de poder requiere de un equipo actoral capaz de crear la complejidad y contradicción de los seres que hacen posible la existencia del juego; la toma de decisiones, el uso de estrategias, la renuncia y reorientación de aspiraciones, sin perder la capacidad de seducir, es lo que hace entrañable (y creíble) a los personajes creados por Willimon, nada de eso ocurre en la puesta en escena que se presenta en el teatro Xola.

Juegos de poder, de Beau Willimon. Director, Sebastián Sánchez Amunátegui. Con Tony Dalton, Marco Treviño, Inés de Tavira, Santiago Stephens, Lorena del Castillo, Jesús Zavala y Roberto Cavazos.

Teatro Julio Prieto (Xola). Av. Xola 809, col. Del Valle, del. Benito Juárez. Sábados 18:00 y 20:30; domingos, 18:00 h.

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