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Por Gustavo Ponti
Fotografías: Proporcionadas por la compañia
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Todo está bien

Cuando el rey Sísifo desató la furia de los dioses, fue condenado a empujar una piedra por una colina que antes de llegar a la cima siempre rodaba cuesta abajo, así cada día por toda la eternidad. Esto nos cuenta el mito de Sísifo, el cual según el existencialista Albert Camus, es una metáfora perfecta de la falta de sentido de la vida del hombre.

Este 5 de noviembre se reestrenó en el Teatro La Capilla Todo está bien, obra ganadora del Premio Bellas Artes Baja California de Dramaturgia 2015. La autora, Alejandra Reyes, retoma la pregunta que ha perdurado desde el origen mismo de la filosofía: ¿qué sentido tiene todo esto que hacemos día con día? y desarrolla una metáfora de la vida en un ambiente de lo más cotidiano: la oficina de un corporativo.

Camus y compañía afirman que la vida per se no tiene un propósito determinado, no hay una misión para cumplir o una lista de cotejo que llenar. Por otro lado, los creyentes afirman que, en efecto, todos tenemos una misión secreta que cumplir, el problema es llegar a descifrar ese cometido que Dios nos impuso y, para entretenerse, no tuvo a bien comunicarnos qué procede. Sea como fuere, esta búsqueda incesante de un sentido es evidente en cada época. Es, por la necesidad de nuestra psique de encontrar un fin o una utilidad a todo, que los filósofos y los dramaturgos tienen mucho quehacer.

La anécdota es sólo el pretexto para entrar en honduras filosóficas. Una mañana como cualquier otra, en una oficina de tantas con el papeleo hasta el tope, la señorita Hernández toma una soga y luego de hacer un nudo de horca y dar ese saludo indiferente a los compañeros, procede a colgarse. Algo resulta mal y sus ganas de regresar a la nada tendrán que esperar. Debido a que Hernández es parte de una gran empresa que no deja cabos sueltos, debe iniciar el protocolo para suicidios, el cual consta de un trámite engorroso con preguntas de lo más ridículas y un reporte que debe ser entregado a primera hora para ser anexado a su expediente; como Hernández lo hizo mal, es deber de los compañeros ayudarla para evitar que material de la empresa sea desperdiciado o dañado y así los buenos samaritanos buscarán “suicidarla” tal como el reglamento interno del corporativo manda. Burocracia en todo su esplendor que magnifica lo inútil de todo papeleo y respalda la aversión que tenemos a la tramitología contemporánea.

Aunque la obra tiene momentos muy hilarantes —delirantes mejor dicho—, hay algo que horroriza, me refiero a la deshumanización y la total indolencia que abunda en nuestra sociedad. Vemos la manera en la que cada trabajador se autoanula y pone por encima de todo los intereses de una empresa para la que es únicamente un engrane más que pasa a formar parte del inventario. Todo está bien puede clasificarse como una farsa trágica, y aunque tiene elementos propios del Teatro del Absurdo, mantiene esa preocupación por retratar de manera fiel una realidad poco explorada: el mundo de los oficinistas —mejor conocidos como Godínez—, mismo que está presente a lo largo de la obra.

Alejandra Reyes no dejó ir el mínimo detalle, desde los nombres oficinescos de los personajes que despojan a cada trabajador de su individualidad y los convierte en “García”, “Ortega”, “Robles”, “Hernández” y “Gracielita”, hasta el atavío formal, con las corbatas, tacones, bolsas, gafas y los topers para los sagrados alimentos. Cada personaje está construido de manera minuciosa. Vemos las pequeñas intrigas y esa infamia e hipocresía que anida en todas las oficinas. “Me caes muy bien, pero no me importa quién eres, aléjate de mi cubículo, por favor.” Resulta inevitable recordar Esperando a Godot, El monta cargas, de Harold Pinter, y más recientemente Un propósito claro, de Ileana Villarreal. El humor negro del texto y el excelente trazo del director Fernando Reyes convierten el deambular del hombre por el mundo en una jornada laboral donde el ambiente de oficina no hace más que revelar lo absurdo y fútil que resulta vivir para hacer cada día lo mismo.

Alejandra Reyes, aparte de ser la autora, es la protagonista; encarna a Hernández, la suicida frustrada, y todo el tiempo expresa una gran aflicción y extravío. El tapiz que cubría su vida dotándola de sentido se ha desprendido, le da igual vivir otro día o acabar de una vez, “si todos fuéramos sensatos, acabaríamos nuestros días de inmediato”, dice de manera sensata. Juan Carlos Medellín es el sádico Ortega, un abogado fantoche que no lastra el menor escrúpulo y su corrupción no sabe de obstáculos aunque eso signifique borrar del mapa a un compañero. He visto con enorme agrado ver cómo crece actoralmente Juan Carlos Medellín y en este montaje hace gala de grandes dotes, es un actor que se encuentra en su mejor momento. Amaya Blas es Robles, la jefa perfeccionista, autoritaria a quien la culpa no deja dormir. Tal vez después de todo hay una gota de honestidad en nuestra infamia. Karla Bourde está excelente en su personaje de la insoportable Gracielita, la melindrosa e inoportuna. Karla cambia hasta su tono de voz para convertir a su personaje en la esencia de la frivolidad y la estulticia. Juan Celis es el íntegro García, quien podría ser el más equilibrado de todos, pero recordemos que todos tenemos cola que nos pisen.

Un elenco que pareciera fue capturado a las afueras del WTC hace que los 80 minutos del montaje pasen tan rápido como la hora de la comida en horas de oficina. Los espectadores terminamos con muchas preguntas, ¿será que basta un solo motivo para impulsar nuestra piedra cada mañana? Es justo al despertar, en el momento de dar el primer empujón, cuando uno puede preguntarse de manera franca, ¿en verdad tendrá algún sentido todo lo que hago? Quien responda eso convincentemente que tenga la bondad de pasar la receta, por lo pronto no queda otra que persistir y dar batalla. Apechugar, diría Hamlet.

Bien hace José Emilio Pacheco al darle las gracias a nuestra piedra rodante en su poema Retorno a Sísifo: “Piedra que nunca te detendrás en la cima: te doy las gracias por rodar cuesta abajo, porque sin este drama inútil sería inútil la vida”, es cuando podemos decir que todo está bien, cuando menos, en lo que llega la próxima quincena.

Todo está bien, de Alejandra Reyes. Dirección: Fernando Reyes. Con:  Juan CelisJuan Carlos MedellínAmaya BlasKarla BourdeAlejandra Reyes

Teatro La Capilla. Madrid 13, col. del Carmen, Coyoacán.

http://www.teatrolacapilla.com

Sábados, 19:00 h. Hasta el 10 de diciembre.

Duración: 80 minutos.

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