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Por Ángel Fuentes Balam
Fotografías: LaCapilla, Google, bajopalabra, portalpolitico, twitter, angelfuentes, blogspot
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Apuntes sobre “El sueño de la oscuridad”

SUEÑO DE CARNE TEATRAL

Apuntes sobre “El sueño de la oscuridad”                         Por Ángel Fuentes Balam

                  “El teatro es incómodo porque es personal”       Mefisto

                    Roberto Eslava / El sueño de la oscuridad

Ayer, 28 de septiembre, se vivió en Teatro La Capilla el cierre de temporada de El sueño de la oscuridad, producción desarrollada por “Bordando la frontera” y “Traslapo Teatro”.

Entre el público -boleto en mano y aún con la reminiscencia de la plática cotidiana-, esperando la apertura de las puertas del conocido foro, aparecía la seductora bruja Ericto, convidándonos a penetrar en una pieza a piezas, fragmentos de sueño que prometían llevarnos al pozo más seco de nuestra mente: bajo la pregunta, ¿qué es el mal?

Al entrar, La Capilla se veía envuelta en niebla, con luz mortecina (o recién nacida, según se mirase) y nos encontrábamos, a la par que elegíamos nuestro lugar, con Mefisto en el centro de la sala, contorsionándose y dando la bienvenida a sus súbditos.

De esa forma, desde el comienzo, la obra dirigida por Roberto Eslava creó una atmósfera para insertar el movimiento de sus personajes y la participación del espectador: dos velas rojas que parecieron flotar en el fondo de la cámara negra, mientras una tenue luz fría inundaba la parte alta del escenario, forjando un interesante contraste con la iluminación cálida de la butaquería, donde se comenzó a desarrollar la obra. La música, elemento sutil gracias al volumen y los estilos elegidos, ayudaba a entrar en la ficción que se comenzaba a erigir: las brujas con un cántico de simple emisión vocal, piano al estilo dark cabaret, y por supuesto, el siempre infalible en estos temas: efecto de órgano de iglesia.

Un viaje dividido, escenas que se sucedían como en los tensos claroscuros de un film noir,  oscilando entre la seriedad de autores como Goethe, Valery, Marlowe, Pessoa, Mann y Milton y la caricatura, la burla, el trazo grotesco y la amplitud corporal propuesta por la directiva y la dramaturgia actoral. Y, precisamente, el principal acierto de la obra es la entrega de los actores: el cuerpo ágil y en riesgo; presentando disposiciones y construcciones físicas que restaban solemnidad al tema, permitiendo al público mantener la atención de las acciones desarrolladas.

Con auxilio de elementos del mimo, acrobacia, danza teatro, canto y oratoria, los actores desenvolvieron la disertación filosófica sobre el mal y la figura de Satán, en cuadros que rondaban la sátira y el absurdo. La relación con el público, apelar al humor de éste, también permitían el avance de la ficción en la mente y gusto del auditorio. Quizá pueda apuntarse que las acciones pueden limpiarse y precisarse de mejor manera, para que no distraigan al espectador: si a una acción física desbocada se le suma un diálogo, la atención es disuelta en virtud de un elemento. Siendo tan elaborado el diseño corporal, sería grato poder observarlo preciso y contundente, con direcciones bien definidas en cuanto al trazo espacial.

Jugando con la sexualidad, pizcas de crueldad y un buen despliegue vocal por parte de los actores (es notable esta cualidad en la mayoría, lo que no segmentó los difíciles diálogos que componían la obra, usando un lenguaje culto en su estructura sintáctica y las referencias literarias parafraseadas o citadas), El sueño de la oscuridad se presenta como un antiautosacramental: vemos a Lust, la lujuria, vestida de niña, jugando y soñando con la maldad; asistimos a una posesión demoníaca (uno de los mejores cuadros de la obra, gracias a Anna Cristina Ross, quien con un manejo  óseo y muscular dignos de admirarse, permite que un ser preternatural habite y se mueva en su espalda, mientras canta una versión oscura –más oscura si es posible– de “Las simples cosas” de Chavela Vargas), y presenciamos el desdoblamiento de un Diablo que reflexiona sobre su papel histórico y poético.

En El sueño de la oscuridad, podemos estar seguros de que los actores disfrutan de encarnar la maldad, se nota en su mirada y en sus rostros; ofrecen su carne y su cuerpo para deleitarnos, y eso, como público que necesita aprender sobre la oscuridad del teatro, se agradece. Buen cierre de temporada de este grupo de teatro. 

Forman parte del evento escénico: Roberto Eslava como dramaturgo y director, Xana Sousa, Irene Repeto, Anna Cristina Ross, Jorge Caballero, Gilberto Alanís y Pedro Beltrán como reparto actoral, Pedro Beltrán en la música, iluminación de Aaron Mariscales, Asesoría corporal de Medín Villatoro.   

Estemos pendientes, pues en octubre se abrirán más fechas de esta obra, en Teatro La Capilla, Madrid 13, cerca de la Cineteca Nacional.

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