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Por Salvador Lemis
Fotografías: google, pasodegato, dramaturgiamexicana
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Se edita PRECISIONES PARA ENTENDER AQUELLA TARDE: texto teatral

PRECISIONES PARA ENTENDER AQUELLA TARDE.

HUGO WIRTH TRAZA UN MAPA PARA DESENTERRAR LA CRUELDAD.

El texto Precisiones para entender aquella tarde, de Hugo Abraham Wirth, debe leerse con sumo cuidado. Se trata de una obra “extrema” donde el sentido de acción se agradece cuando lo que pulula en el medio es una sarta de textos que desde la moda narratúrgica, destroza la esencia de lo teatral. Potens al que se han referido Méyerhold, Stanislavski, Dubatti, Carrió, Buenaventura, Lawson, Lauten, Mnouchkine, Wilson, Brook, Fassbinder, Lezama, Pavis y cuanta persona crea en la progresión dramática bien hecha y bien entendida.

 

El texto es cuidadoso y fino. Se ubica en cualquier lugar de este país (México); aunque las revelaciones de tono y sabores se asocian más con la capital chilanga. Comienza en una “tarde extraña”, donde la gente gris entra a las moles de cemento y varillas para comenzar la jornada. Pero lo pavoso están el aire.

El trabajo dentro de un corporativo de siete pisos y mil setecientas toneladas, desde donde se monitorea a los morosos que deben pagos y se tratan otros asuntos del sistema de la mega ciudad, es la catapulta para desnudar conciencias. Un texto revela irónicamente: “Es un privilegio laborar ahí. Dicen”. La cabalística del siete hace de las suyas.

Cuarto piso: área de cobranza. Lucy –pasante de la carrera de Economía- es una empleada gris como todas que realiza llamadas a los clientes, presionando y ofreciendo ventajas de liquidaciones de deudas bancarias.

La ciudad es sacudida por un temblor y los empleados salen en estampida del edificio, excepto nuestros personajes protagónicos, que serán víctimas y victimarios en una tragedia tan cruel como lamentablemente patética. Histeria, bajas pasiones, chantajes, violencia y más violencia, malos pensamientos, sarcasmo y desquites personales, crean una suerte de microinfierno, donde el mapa de Sandro Botticelli (de hace más de cinco siglos) parece una caricatura si se compara a estos túneles de pensamientos generados entre el autor y sus roles Uno y Otra, que a su vez se desdoblan en todos los portadores de acción de la trama principal. El infierno cotidiano se muestra aquí sin anestesia ni ácidos adormecedores de conciencia: cada persona repudia al otro, repudia al sistema y entra al juego de las simulaciones y los escupitajos en la mejilla del prójimo. “Congruente con la misión y visión de la empresa”, ironiza el autor.

El triángulo del horror se manifiesta dramatúrgicamente entre la idiota –pero cumplidora- Lucy, Fátima –otra empleada atrapada entre rencor y desquite- y el cerdo supremo: el Jefe de personal del área de Cobranza. Y también aparecen de vez en vez algunos “cabrones iluminados”, como el Gran Jefe o guardias de seguridad y empleados sin cerebro. Todos amenazados, de una u otra manera, por las sacudidas oscilatorias de las capas de la tierra.

La obra de Wirth es un universo simbólico que nos atañe a todos. Lee nuestros pensamientos, da palabra a nuestras ofensas y formas de maldecir a la humanidad. Sin temor ni culpa hace una disección del bajo mundo de las cotidianeidades. Bien armada, la obra se defiende sola y es cien por ciento representable. Se puede montar con una actriz y un actor o con todo un grupo comprometido con las nuevas visiones críticas de esta degeneración del humanismo cocinada en el XX y servida en bandeja de plata en nuestro asqueroso XXI.

Obviamente no hay esperanza: se derrumba y aplasta las nociones de solidaridad, de humanidad, de reverencia y buen gusto. La crítica social es lapidaria, pero no desde esos terrenos de “conveniencia y lambisconería a la política y sus trozos de pasteles bien repartidos”, sino desde el individuo, el papel de cada uno en la fiesta de la hipocresía social. Eso me gusta del texto de Wirth: que no intenta hacer apologías seudo-izquierdistas, que siempre son ignorantes y tibias, sino que coloca el caballete autoral desde señalar la acción de cada uno de nosotros ante el engranaje sociocultural. Y de ahí surge el asco y la posible redención. Es un Bertolt Brecht bien comprendido y bien aplicado de manera dramatúrgica. Y hay eco de Hanna Arendt cuando denuncia que la ignorancia es maléfica: “la banalidad del mal”. Que los simulacros hacen más daño que las fuerzas naturales.

Hanna Arendt fustigó a los propiciadores del Mal. 

Precisiones para entender aquella tarde es un texto con la suficiente maestría como para perdurar dentro del terreno de la dramaturgia mexicana de hoy y del deterioro a futuro. Y es terrible afirmar esto: porque implica que no hay solución a la avalancha de la fealdad, del deterioro del gusto y del oído, de la sordera humana, de la violencia en todos los órdenes de intercambio humano, del abuso contra la naturaleza, de la incultura generalizada.

Jaime Chabaud dice acerca del mismo: “Con un predominio de lo narrativo en tiempo presente sobre lo dialógico, Wirth nos construye una vertiginosa historia donde el más débil habrá de cobrar venganza”.

Cartel de la puesta en escena. 

El texto fue incluido por la editorial PASO DE GATO, publicado en colaboración con la Universidad de Guadalajara y el Festival Iberoamericano de Bogotá. Prólogo de Jaime Chabaud Magnus y diseño de Irasema Chávez Santander. Dramaturgia Mexicana Contemporánea, MÉXICO. 2016.

El diseño de cubierta de la edición Molinos de Viento, de la UAM, México, 2014, realizada por Guadalupe Urbina Martínez, es hermosa y precisa: muestra una imagen hiperrealista del avance de un terremoto hacia la ciudad distante.

Puesta en escena del texto de Hugo Wirth.

Precisiones para entender aquella tarde no sólo es un buen texto para llevarse a escena, abierto, flexible e imaginativo, sino que es de lectura disfrutable, amena, ágil y tenebrosa. Lo recomiendo absolutamente.

Libro en venta en PASO DE GATO. Teléfono: 56889232. VENTAS. Ext. 102. 

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