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Por Óscar Schinca
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Julkita, de Humberto Busto

Julkita es uno de esos productos extraños del cine actual, y por lo mismo resulta complicado hablar al respecto. Esencialmente y a profundidad no se trata ningún tema. Cuando el asunto parece dispuesto para merodear por los pasajes de alguna idea o inquietud, el corto salta a un sitio distinto, más desconcertante.

Si bien esta pieza podría perderse en una etiqueta simplona de serie b, hay algo que propone, que busca y, para colmo, está bien hecha.

Hay momentos en que nos remonta a la obra y las estéticas de John Waters. Por lo mismo, la tirada del cortometraje no es contar una historia, o explorar los rincones del ser humano, sino jugarse todo al desconcierto, a lo inquietante. El cuento de una superheroína que se dedica a combatir el crimen cuando su menstruación química le proporciona los efectos que a Bane le da el Titan no parece muy prometedora ni atrayente. Sin embargo, Julkita apuesta por extender los límites de la narrativa audiovisual, borrando en partes la línea entre el cine y el videoarte.

De ser esto un largometraje en vez de un cortometraje, no me cabe duda de que se volvería una pieza de culto en los circuitos underground del cine nacional.

Sin embargo, los alcances del formato breve no son tan gloriosos, por lo que Julkita se queda en una obra autoral de experimentación. Se trata de un cineasta propositivo intentando probar los límites de su propia creación, buscando una narrativa fresca (aunque febril).

Después del éxito (quizás inesperado) que Humberto Busto tuvo con La teta de Botero, el cineasta y actor nos muestra que lo último que pasa por su cabeza al crear es la fama o los premios. Julkita es un trabajo de juventud (juventud creativa) y autoconocimiento de un creador que promete y se compromete con su obra.

Aunque nos vemos encarados por una historia grotesca, una estética rancia y una línea argumental que se burla de toda lógica, es difícil detestar el cortometraje, porque busca la innovación, escapar de lo convencional y encontrar nuevas formas de contar; eso siempre se agradece en una forma de arte que, por momentos, se siente estancada en fórmulas tradicionalistas, donde las mejores películas siguen estructuras muy viejas, centrándose en la historia y alejándose de las propuestas visuales y la experimentación estructural.

Para esclarecer un poco el contexto en el que Julkita fue gestada, les presento una entrevista con la mente detrás de la cámara:

¿Cómo fue el proceso de transición de la actuación a la creación cinematográfica?

Humberto: En realidad siempre los consideré parte del mismo proceso. Después de estudiar actuación cinco años era un poco complicado meterme a una escuela de cine. Decidí que lo mejor sería concentrarme en mi labor como actor, aprender de los directores con los que trabajara y estudiar talleres de cine entre proyecto y proyecto. Durante los últimos seis años he estudiado en Los Ángeles, Berlín y México. Como método de trabajo decidí realizar tres películas cortas durante este tiempo, en lo que desarrollaba el guión de mi opera prima. Ha sido una forma integral de conectar lo que hago frente a cámara con la dirección, así como también con el área de docencia en actuación cinematográfica para actores.

¿De qué manera aporta tu sensibilidad como actor a la hora de escribir y dirigir para cine?

Humberto: Me parece que el ponerse imaginariamente en los zapatos del otro es algo que como actor llevas incluso hasta extremos inimaginables. Por otro lado, al momento de dirigir actores conozco las herramientas necesarias para comunicarme con ellos de una mejor manera. Cada actor es distinto y requiere métodos diferentes de trabajo. Ser actor y conocer la variedad en el trabajo de mis compañeros me permite cada vez escuchar mejor y ser más contundente y sencillo. Es muy liberador, además, no depender de nadie para seguirte expresando. Ser actor me parecía un proceso capaz de ser frustrante si sólo contaba lo que otros querían. Quiero compartir con el mundo mi propia voz también.

¿De dónde proviene Julkita? ¿Qué inquietudes personales pretende saciar?

Humberto: En primer lugar, siempre parto del trabajo de conocimiento del actor/persona sobre el cual versa la pieza. En mis anteriores cortos, he trabajado con mi abuela y su proceso de Alzheimer, con la muerte de mi mejor amiga que quedó en coma, con la pérdida de mis dientes por un proceso genético o con el cáncer de mama al cual sobrevivió Patricia Reyes Spíndola. En esta ocasión quería hablar sobre la sangre y la idea de convertir el periodo menstrual en una posibilidad heroica por parte de Haydee Leyva, una de mis amigas actrices, me pareció perfecta. El investigar los procesos internos de Haydee durante su periodo y llevarlos al extremo también me abría las puertas a decisiones estilísticas complejas y nuevas. Pensé que el material no tendría que ser tocado de manera realista: quería hablar del empoderamiento femenino a partir de una pieza simbólica y un rito de iniciación. La influencia del pop y los superhéroes en la gente podría también ser el marco referencial para realizar dicha metáfora. En el camino, yo mismo me convertí en Julkita e identifiqué en mi interior los estados extremos donde uno tiene que cortar de tajo el pasado y la violencia para realmente poder beneficiar al mundo en lugar de destruirse o destruirlo.

Mientras veo Julkita viene a mi mente John Waters, ¿es uno de tus referentes?

Humberto: Estaba consciente de que había referentes como ese, pero mi intención nunca es hacer un tipo de cine parecido al de alguien más. Me gusta ser coherente con el material humano del que parto y sobre eso decidir cuál es la mejor forma de representarlo. En ese sentido, aunque parezca absurdo me conectaba más con la creación de Stroszek de Herzog o el trabajo con actores naturales de Victor Gaviria. Comprendo que por ser una pieza tan estrambótica y radical suena alejado de estos referentes, pero en mi mente no los son tanto. Lo importante es transformar la realidad convirtiéndola en una ficción que solo le corresponda a ese carácter que se está investigando o analizando.

Es una obra complicada que apela a un público muy reducido, ¿cuáles son tus expectativas para Julkita?

Humberto: Encontrar los espacios que aprecien la propuesta. Para mí fue ideada primero como una instalación donde la gente pudiera vivir una experiencia explosiva como me parece que sucede a nivel sutil cuando se tiene el periodo menstrual. Y al llevarlo al extremo, confrontar nuestros propios límites y juicios morales. Agradezco que un festival como el FICG la seleccionara porque fueron funciones muy radicales. Gente que se sintió muy vulnerada y atacada, y gente que entendió la esencia de la obra y viajó con ella en un disfrute absoluto, con capacidad de análisis posterior. Esto no me había pasado antes y lo agradezco. Me hace aprender. Así que si logra viajar por el mundo la investigación puede ser todavía mucho más interesante. Verla con un público en Corea o en Japón podría también ser muy peculiar por las visiones tan distintas que existen en el mundo sobre la sexualidad y el humor.

Recomendar Julkita es una tirada de dados a la que no pienso arriesgarme. Sí, es un cortometraje agrio capaz de herir a los más sensibles, pero también hay algo ahí. Algo que, con suerte, Busto rescatará para sus próximas obras, quizás más maduras, con suerte menos viscerales, porque apostar a lo controversial, al malestar estomacal, es un juego de amateurs y debería quedar como una curiosidad saciada y superada en la obra de cualquier autor con trayectoria.

Así pues, creo que solo los más clavados en el séptimo arte deberían verlo, no se lo recomendaría a mi madre, ni a mis primos, pero quizás sí a un par de mis amigos y colegas más azotados.

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