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Por Óscar Schinca
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Mientras el lobo no está

Hay que apoyar el cine mexicano. Aquella frase la encontramos hasta en la sopa. Es la misma que nos picotea la conciencia cuando, parados frente a la cartelera de cualquier cine (ya sea comercial o en la mismísima Cineteca, nadie se escapa), elegimos ver algún asunto con subtítulos en vez de lo producido en México. Y está bien, hombre, concuerdo: debemos apoyar los proyectos nacionales. Donde ya no me cuadra mucho es pensar que "cine mexicano" es un todo compartido, un terrenito comunitario en el que todos los creadores son responsables por todas las películas y por eso merecen (todas y todos) ser apoyados por igual.

Uno no puede (ni debería) sentirse culpable por preferir ver La La Land que El tamaño sí importa. Lamentablemente el cine comercial mexicano nos ha bombardeado desde hace mucho con churrazos dospeseros insufribles. Y tampoco si nos queremos aventar un churrazo gringo en vez de uno mexicano, porque por lo menos aquellos traen una calidad de producción envidiable. ¿Se puede comparar Last Vegas con En el último trago? Ni de chiste, aunque ambas sean una muestra ejemplar de la maletez y la falta de ambición cinematográfica.

Ver cualquier obra (literaria, plástica, teatro y cualquier otra disciplina) mal hecha siempre es una experiencia amarga, incómoda por decir lo menos. Pero ver una película mal hecha, que no se sostiene en ningún aspecto (vamos, ni siquiera técnico), es enervante de una manera muy especial, ya que eso significa un esfuerzo colectivo por hacer algo malo (por hacer el mal), que no beneficia al público (ya no digamos a la humanidad) de manera alguna. Más todavía si esta mala película es mexicana, porque una película nacional supone estímulos gubernamentales, estímulos que pudieron estar destinados a financiar algo con un nivel de calidad pasable (ya no pensemos en genialidades). Papá gobierno está solapando esta maletez y le está dando de comer.

Es un enojamiento tal el que me habita después de ver Mientras el lobo no está.

De entrada, el poster engaña, porque está bien hecho y tiene un nosequé que remonta a Harry Potter y te hace suponer, vaticinar, que algo bueno esconde aquel espectacular.

Después nos presentan una historia coming to age que acontece en un reformatorio privado (quizás, el nivel socioeconómico de los niños es indescifrable, de plano un acertijo qur haría tamblar a Batman). Hasta ahí podría no ir mal, una película cuyo tema central es la búsqueda incansable del hombre por recuperar su libertad. Promete, quizás, si no fuera porque ese tema se ve diluído en una serie de secuencias aburridas y giros de tuerca forzados que hacen a esta película pasar por una reimaginación muy diluída del género negro hasta llegar a un thriller de persecución francamente desastroso.

Cuando ves una película como esta (y Dios sabe que he visto más de las que me tocaban en esta vida), es imposible no preguntarte "¿en qué parte del proceso empieza a fallar una película?" o bien "¿por qué no se detienen y corrigen cuando esto sucede?"
Lo aparente es que falló desde su concepción. El guión es malo, lleno de huecos y poca atención a los detalles, parece un mal fanfic que alguien subió a su MySpace después de ver El espinazo del diablo.

De ahí en más todo va empeorando. La película es aburrida y pareciera eterna, somnífera, para ser precisos. El cast es terrible. Por si el protegonista no fuera esencialmente insoportable, el muchachito que eligieron para interpretarlo tiene una actitud y cara que lo hacen completamente insufrible. Los niños, en sus mejores momentos, están sobreactuados. Y en los peores no transmiten nada. El personal adulto, en un esfuerzo por dar tonos grandiosos de histrionismo, se meten en una especie de farsa que, si fuera a drede, sería una genialidad. En general es una pieza dirigida con los pies. Tanto que, tras verla, uno no busca a el creador, sino al culpable de que este videohome glorificado que acaba de afrentar nuestras sensibilidades.

En esencia recomendaría no ver esta película. Si se encuentran uno de estos días en Cinépolis y en su cabeza escuchan aquella vocecita que dice "apoya al cine mexicano", ignórenla. Métanse a ver La La Land o, incluso, 50 Shades Darker. Si van a ver un churrazo, por lo menos que sea uno con un mínimo de calidad en su producción, en el que utilicen buenas cámaras y las actuaciones sean medianamente creíbles.

Al final aquella consigna de apoyar la cinematografía nacional está mal formulada. Hay que apoyar el cine de calidad, de donde sea, pero especialmente el mexicano. Así quizás, en algunos años, las propuestas que valen la pena inundaran las salas comerciales. Y estaremos, por fin, salvados de los churros infumables. Porque mientras el lobo (que somos nosotros, exigiendo el buen cine que merecemos) no esté, los maletas seguirán jugando en el bosque.

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