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Por Diego Barboni
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FUOCOAMMARE: FUEGO EN EL MAR

La pequeña isla siciliana de Lampedusa, perteneciente a Italia pero mucho más cercana a África, se ha hecho tristemente famosa en los últimos años a causa de su posición geográfica, que la convierte en el destino privilegiado de los barcos de clandestinos africanos que se dirigen a Europa. Esta pequeña y bella isla es la absoluta protagonista de Fuocoammare: fuego en el mar, la más reciente obra del documentalista italiano Gianfranco Rosi (conocido en México por su documental El sicario), ganadora del Oso de Oro como mejor película en el Festival de Berlín 2016. En Lampedusa se desarrolla la vida del pequeño Samuele y la de las personas que lo rodean: su amigo Mattias, su familia, un locutor de radio, un médico. Al mismo tiempo, en la isla confluye las existencia de enormes cantidades de africanos que llegan a ella como primera etapa europea de un largo y dramático recorrido.

Muchas han sido, en lo que va de siglo, las películas europeas que se han propuesto hablar del tema migratorio, de las formas más diversas: a veces apuntando al realismo más duro (In this world, de Michael Winterbottom, 2002), en otras ocasiones adoptando un enfoque más humanístico y poético (Le Havre, de Aki Kaurismaki, 2011), o hasta simbólico (Terraferma, de Emanuele Crialese, 2011). En la mayoría de los casos, la propuesta tiene que ver con la voluntad de dar cuenta de un problema ya ineludible, enfrentando al espectador con las durísimas condiciones en las que el viaje se produce, y desarrollando a la vez un discurso crítico, a veces explícito y a veces más sutil, hacia una sociedad que produce tamaña injusticia. El planteamiento del director italiano es en cambio, desde un punto de vista conceptual, más minimalista y, por eso, más radical.

Lejos de un esquema narrativo clásico, Fuocoammare… se organiza por yuxtaposición y coexistencia de diferentes elementos, sin un aparente diseño cronológico o causal. Así como los personajes italianos y los africanos, a pesar de su cercanía física, casi nunca se cruzan e interactúan, también las imágenes y las escenas que componen el filme parecen estar en el mismo territorio: la película, sin por ello compartir una relación causal. Asimismo, la relación entre la imagen y la palabra, uno de los ejes fundamentales del cine sonoro, es privada de la consecuencialidad que suele tener en el cine clásico. El peso de la producción y comunicación de contenidos es encargado alternativamente sólo a una de las dos: casi nunca a las dos de manera conjunta, casi nunca hay palabras que explican imágenes o viceversa. Así, cuando el médico nos cuenta su experiencia personal con los migrantes, la simple palabra es capaz de acaparar toda la atención del espectador, mientras que en las terribles imágenes de los cuerpos muertos hacia el final de la película (que han sido muy criticadas por ser reales, pero que parecen totalmente justificadas), realmente no se necesita ningún tipo de comento.

La construcción de la última película de Rosi (al igual que la de la anterior, Sacro GRA, ganadora del León de Oro en el Festival de Venecia 2013) es entonces eminentemente impresionista: pequeñas pinceladas, imágenes, impresiones, cada una provista de valor en sí, concurriendo todas a la composición de un mosaico en el que el resultado final vale mucho más que la suma de sus componentes. Es una obra que precisa de un espectador atento y sensible (he aquí que la anécdota del “ojo perezoso” del pequeño Samuele adquiere una dimensión metafórica), pero es cine en su estado puro.

Fuocoammare: fuego en el mar (Italia-Francia, 2016), de Gianfranco Rosi. Con Samuele Pucillo, Maria Costa, Pietro Bartolo, entre otros. Duración: 108 min. Clasificación: B-15.

Puedes verla en la Cineteca Nacional

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