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Por Óscar Schinca
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Rogue One: Una historia de Star Wars

Pasado el primer fin de semana, y habiendo digerido ya mi primera impresión del filme, la temblorina extática que me acompañó al salir del cine, puedo decir sin temores: Rogue One delivers.

 

Esta película, que ya se nos ha dicho hasta el cansancio, es precuela de A New Hope, y se mantiene a sí misma (no va a haber Rogue Two, pues), es un punto muy importante, crucial se diría por ahí, para la cosmogonía creada por George Lucas y, por supuesto, para los fans por un par de razones.

 

En primera instancia, se resolvería un gran hueco argumental que tenía años fastidiando como piedra en zapato a los seguidores de la saga. En segundo lugar, es la primera de una serie de spinoffs que Disney nos enjaretó cuando hizo su nuevo plan de negocios Star Wars; a partir de este numerito se definiría si las “standalone” (como Disney les llama) iban a ser un manojo de churrazos o algo que valdría la pena ver y esperar con gusto. El tercer motivo, quizás más importante: Rogue One sería el primer acercamiento serio a una película de Star Wars que no protagonizara la dinastía Skywalker.

 

La historia va de una muchacha por demás rural (Jyn Erso), hija de un brillante ingeniero imperial retirado (escondido). Siendo una chamaquita, Jyn atestigua el secuestro de su padre y el asesinato de su madre en manos de las fuerzas imperiales. De ahí en más la niña crece escapando, atrapada en un juego de escondidas interminable. Hasta que la Alianza Rebelde la encuentra, libera de prisión y recluta para ayudarlos a verificar si los rumores de un mensaje enviado por su padre a un caudillo extremista rebelde llevan algo de verdad.

 

Principiando y evitando el tan aterrador spoiler, la película rellena aquel hueco argumental con maestría. Si alguna vez, tras ver A New Hope, te preguntaste: “¿por qué el imperio dejaría al descubierto y sin protección un puerto de ventilación que podría destruir su superarma con un solo torpedo?”, Rogue One te responde y la respuesta te dejará satisfecho.

 

Hablando del segundo punto, esta película nos hace tener fe en la miríada de standalones que seguirán a la trilogía en curso.

 

Se trata de una cinta con un feeling separado al resto de producciones audiovisuales de Star Wars. Tanto las originales y las precuelas como ambas Clone Wars (la de Lucas y la de Tartakovsky) y Rebels tienen una misma sensación del camino del héroe puro, de la lucha incansable del bien absoluto contra el mal más enviciado.

 

Rogue One rompe con esto desde el principio, cuando nos plantean una rebelión implacable, llena de guerrilleros, caudillos y extremistas, contrapunteados con diplomáticos, blandengues y líderes aterrados. Observamos crímenes cometidos por los guerrilleros rebeldes, misiones sucias, manipulación. Este filme nos muestra un aspecto oscuro dentro de la bondad (al estilo muy suavizado de Disney, claro, pero no deja de ser un asunto extraordinario en Star Wars).

 

Por otro lado, Richard Brody, del New Yorker, piensa que es un asunto facilón y maletilla; una película que palidece en el universo Star Wars y más pan con lo mismo. Sin embargo, esto viene del crítico que detesta la trilogía original (especialmente The Empire Strikes Back y Return of the Jedi), y cree que las mejores películas de Lucas son Attack of the Clones (¡Dios!…) y Revenge of the Sith (con esta voy de acuerdo). Un critico, al final, que odia la saga y utiliza estándares universales para calificar Star Wars, cuando el universo creado por Lucas cuenta con estándares propios. No se puede medir con la misma vara a El padrino que a cualquier película que acontezca en una galaxia muy, muy lejana. Porque Star Wars, ahora y sólo Dios sabe hasta cuándo, existe aparte del mundo, sostenido por mitología, lógica y motores propios.

 

¿Más pan con lo mismo? Quizás, pero de una manera muy fresca. Todos sabemos que la maquinaria Hollywood es nada más que pan con lo mismo y, sin embargo, en esta constelación de churrazos, Rogue One está repleta de personajes entrañables (rebeldes, desertores, asesinos, caudillos, fanáticos religiosos, droides conmovedoramente humanos) con los cuales no puedes más que identificarte, quererlos, apoyarlos, discursos heroicos enchinacueros, momentos inspiradores y un despliegue impresionante de nuevos sistemas planetarios, naves espaciales, criaturas. Tiene todo aquello que nos hizo cachetear la banqueta por Star Wars y, sin embargo, es esencialmente diferente.

 

Es una película épica de libro de texto. El héroe (heroína en este caso), los padres ausentes, el mentor, los obstáculos, las pruebas, la gran transformación que sufre Jyn, quien pasa de ser una mujer que ve por sí misma y nada más, a convertirse en la encarnación del espíritu rebelde y libertador, una especie de “Che” Guevara intergaláctica que no teme sacrificarse por la causa.

 

Por otro lado, el score deja mucho que desear. Es evidente la intención que tuvieron de acercarse a la épica orquestal creada por John Williams. Sin embargo, aunque cuenta con tonalidades similares y es una aproximación adecuada, deja al espectador mucho que desear, pues no es capaz de acompañar los momentos épicos, ni los emotivos. Es claro que no utilizaron el score original para distanciar a las standalone de las películas de continuidad, lo mismo con el icónico texto amarillo de entrada. Lamentablemente, la música queda en poco más que un homenaje malogrado.

 

En general, es una película buena a secas. La afirmación anterior sería cierta, si no fuera por un momento indescriptible de Darth Vader con el que cierran el tercer acto. Es una secuencia llena de terror, poder, nostalgia y el hype eterno que sentimos los fans desde que el primer trailer de The Force Awakens salió a la luz. Es uno de esos momentos que rebobinaremos una y otra y otra vez en nuestras casas, con la boca abierta y saliva escurriendo de ella, como el duelo Obi-Wan – Darth Maul, la pelea Vader – Luke en Bespin, o la infernal batalla entre Anakin y su antiguo maestro en Mustafar. Una secuencia lista para pasar a la historia de este universo.

 

Rogue One nos demuestra, por sobre todas las cosas, que el universo de Star Wars ha trascendido a su creador y al negocio de vender juguetes (aunque es un tanto cínico el intento desesperado por insertar diseños coleccionables en la película, mostrándonos al menos tres caras nuevas de troopers imperiales, otros tantos de naves y un poco más de droides). Rogue One es la prueba concreta de que el universo creado por George Lucas se ha convertido en algo inmenso, capaz de sostenerse a sí mismo, a parte de la saga Skywalker y de las ideas de Lucas.

 

Claro que esto a la larga puede ser un arma de dos filos. Dios sabe cuánto tiempo tardará Disney en darnos churrazos como Age of Ultron o Civil War, ambientados hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana.

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