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Por Diego Barboni
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Lo and behold: ensueños de un mundo conectado. Robots y máquinas...

LO IMPROBABLE EN UN MUNDO ABOCADO A LA DESTRUCCIÓN: LAS NUEVAS FIGURACIONES DE HERZOG. ¡¡¡BUEN ESTRENO DE CINE EN MÉXICO!!!

Lo and behold: ensueños de un mundo conectado

Un documental de ciencia ficción: si quisiéramos definir Lo and behold: ensueños de un mundo conectado, la última película del director alemán Werner Herzog, tal vez ésta fórmula podría ayudar a entender de qué se trata. Y es que, tan sólo hace pocas décadas, nadie hubiera podido imaginar el nivel tecnológico que la sociedad mundial sería capaz de alcanzar en un lapso de tiempo tan breve.

Sin duda el evento más determinante en este sentido ha sido la invención de internet, “un evento no menos importante que el descubrimiento de América”, como nos dice Leonard Kleinrock, uno de sus inventores.

¿Cuáles son los verdaderos alcances de la invención de internet? ¿Cuáles son sus posibles consecuencias? ¿Qué nos espera en el futuro? Estas y otras cuestiones son las que impulsan al director alemán a investigar una larga serie de aspectos conectados con el tema, en el afán de entender cuáles son las perspectivas futuras más verosímiles.

Autor visionario como pocos más, Herzog siempre estuvo fascinado por historias increíbles y por personajes excepcionales (véanse, entre muchas otras, obras como Aguirre, Fitzcarraldo, o en tiempos más recientes Grizzly man): hombres fuera de lo común, soñadores guiados por una pasión desmedida, y deseosos de superar los límites de la condición humana. Pues bien, en su última obra hay muchos personajes que corresponden a estas definiciones: no por nada el título habla de “ensueños” (“reveries”, en el original). Y es que, en su primera parte (aunque en realidad esté dividida en diez capítulos), Lo and behold nos habla de los aspectos más bonitos y esperanzadores de las innovaciones tecnológicas: desde el primer mensaje telemático enviado, a finales de los años sesenta, hasta los avances impresionantes y las anécdotas más bonitas de la actualidad.

Coches que se conducen solos, robots que en pocos años “serán capaces de vencer a la selección de futbol de Brasil”, juegos online que ayudan a encontrar, a través de la contribución colectiva de sus jugadores, la solución para curar enfermedades antes incurables. En esta primera parte es realmente difícil, tanto para el autor como para el espectador, no quedar fascinados ante la enorme demostración de amor a la ciencia y de fe en la humanidad que los científicos entrevistados nos dan.

En la segunda parte, en cambio, la película pasa a analizar los aspectos más negativos de la red: la dependencia que esta genera tanto en la sociedad (¿qué pasaría si de un día a otro nos encontráramos sin internet?) como a nivel individual (los casos de adolescentes chinos o coreanos muertos tras decenas de horas seguidas jugando a la computadora), así como los efectos nefastos de las radiaciones electromagnéticas, o los acosadores telemáticos. Una vez más, no hay moralismo en la mirada de Herzog, sólo una sincera voluntad de entender el fenómeno.

Finalmente, en la tercera parte del filme, el director alemán nos plantea las preguntas más importantes acerca del futuro, no sólo de internet, sino de la humanidad entera, hasta llegar a la más provocadora de todas: ¿llegará internet a soñarse a sí mismo? Es decir, ¿se convertirá en una entidad totalmente independiente del hombre? La clara referencia a Philip K. Dick (“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”) nos habla de lo difícil que es imaginar el futuro: como ejemplo de esto, uno de los científicos entrevistados nos recuerda que ninguna obra de ciencia ficción ha sido capaz de prever el mismo internet.

Fascinante, visionaria, apasionada, la última cinta de Werner Herzog, uno de los grandes directores de nuestra época, nos guía en un viaje a través del tiempo en el que la frontera entre lo humano y lo artificial se vuelve imposible de discernir: ¿acaso la realidad artificial no es creada por el hombre? Y a pesar de la última imagen, en este viaje no hay nostalgia por el pasado, y sí curiosidad por el futuro, porque la evolución en sí no es ni buena ni mala: es un camino que es interesante recorrer para ver a dónde nos lleva. 

¿Estaremos vivos para verlo?

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